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Bulos de toda la vida


Inventarse cosas para sacar beneficio: esto no es nada nuevo, pero, por algún motivo, se ha vuelto de lacerante actualidad. Desde hace una década hay un pánico cultural por los bulos de toda la vida, y no dejamos de hablar de las fake news, la posverdad, los «datos alternativos» de Trump y la «maquinaria del fango».

Estos pánicos son recurrentes. En su Historia de la ética (Paidós, 1970)Alasdair MacIntyre cuenta lo cómodos que vivían los griegos arcaicos con sus aristocracias. «Aristocracia» es una palabra estupenda, porque aristós es «el mejor», el que tiene areté. En la Grecia arcaica, el mejor era el que hacía lo que tenía que hacer. El guerrero tenía areté si ganaba batallas. Es una cuestión de hechos. Podías ir con tus propios ojos a comprobar lo que es bueno y lo que es malo, porque «bueno» y «malo» significa «ganó» o «perdió». Nos da igual si lo intentó. No damos premios por intentarlo: ¡generación de cristal!

Todo esto se viene abajo por culpa de la política. Siempre es culpa de la política. Lo mejor es ser apolíticos, neutros. No meterse en política. Porque si nos metemos en política, nos vemos obligados a posicionarnos sobre una serie de cosas que están pasando: las invasiones persas, la colonización, el comercio y los viajes, la transformación de las aristocracias en ciudades-estado, como Atenas, donde ya no gobierna necesariamente «el mejor». Ni siquiera está claro qué significa «mejor». Los pobrecitos griegos, que hasta ahora usaban «buena persona» como sinónimo de «cumple su función social», de pronto ven que hay otras culturas, y en cada una se espera algo distinto del guerrero, el rey, el hombre o la mujer.

Hasta ahora, naturaleza y cultura estaban convenientemente alineadas: lo natural es hacer las cosas como las hemos hecho siempre. La tradición es lo que tiene que hacer todo el mundo, lo universal. Pero si en Egipto adoran a los gatos, ¿ser buena persona es una cosa universal, o depende de las costumbres de cada país? De pronto, nos damos cuenta de que no es lo mismo naturaleza y convención, physis nomos. De pronto, comienza la era de la sospecha: decir «Agamenón fue un rey justo» o «Sócrates fue bueno» deja de ser una evidencia natural, de sentido común, y se convierte en un sonido opaco que dice una persona por algún motivo oculto, para conseguir algo [2], como convencer al auditorio de que no le castiguen por sacrificar a su hija Ifigenia, enseñar filosofía a los niños o incitar el asalto al Capitolio.

¿Son equivalentes estos ejemplos? ¿Cuáles merecen salvarse? Menuda pregunta. Eso es meterse en política, pensar y posicionarse: todo lo que no hay que hacer, porque invita a la decadencia moral de Occidente. Pero todo Occidente es la decadencia de Occidente, como dice Clara Ramas en El tiempo perdido. La historia de Europa es la historia de transformaciones sociales que cuestionan la tradición, rompen el sentido común y nos hacen plantearnos cómo debería ser el mundo.

Es muy fácil decir que «lo bueno es hacer lo que toca» y el bien moral es el orden social, pero de vez en cuando te invaden los persas, la imprenta, la máquina de vapor, los franceses, el coche de gasolina o los teléfonos móviles conectados a internet. Los niños están pegados a la pantalla y ya no quieren ir a luchar con los persas. Cambia el orden social, y ¡ah!, ¿qué hacemos con el orden moral? ¿Qué es lo bueno y lo malo? Nos ponemos nerviosos, y de pronto, todas las opiniones raras son sofistas, wokes, posmodernas y decadentes. Ponen en peligro nuestra excelente aristocracia. Y si, por algún casual, los sofistas wokes posmodernos se hacen con el poder y se extiende su punto de vista, entonces empezamos con el fango y los datos alternativos.

Cuando las costumbres ya no son universales, el consenso del «sentido común» desaparece. A unos les da permiso para la disidencia, y a otros les da permiso para mentir, porque ya no les da vergüenza que les pillen con mentiras flagrantes contrarias al sentido común. Ya no existe el sentido común. Lleva desapareciendo doscientos años, dos siglos de cambios sociales sin parar: desde el motor de vapor hasta el smartphone, pasando por el éxodo rural, las revoluciones socialistas y las Guerras Mundiales [2]. Nos creíamos que había un sentido común porque la posguerra mundial nos dio un respiro, un amago de consenso social-democrático: estaría bien evitar holocaustos. Pero hoy en día, visto lo visto, ni eso. Está claro que era cinta de cocodrilo. Ahora que se ha caído la pegatina, volvemos a la pluralidad y a la sospecha. Las baldas de filosofía vuelven a llenarse de libros sobre la verdad y la mentira [3].

Tenemos a los persas a las puertas de Atenas. ¿Qué se hace con los móviles en los institutos, con los microplásticos en la comida? ¿Qué se hace con las pateras? ¿Qué se hace con la expansión rusa, la ocupación israelí, las deportaciones forzosas estadounidenses? ¿Qué se hace con el petróleo y el carbón en medio de una emergencia climática? El cambio social no cesa, y hay que organizar la polis. Cada vez es más urgente.

— 

[1] ¿Qué es el lenguaje? Intuitivamente, es un vehículo para expresar significados, es neutro. Hay una serie de corrientes filosóficas que niegan esta idea.

  • Los filósofos románticos (principios del s. XIX), como Hamann y Wilhelm von Humboldt, defienden que la lengua de cada pueblo atesora su visión del mundo.
  • En las filosofías de la sospecha —Marx, Nietzsche, Freud (finales del s. XIX)— toda oración, incluso toda palabra, tiene un significado implícito más allá de lo evidente, con una motivación política, vital o psicológica.
  • El pragmatismo americano (finales del s. XIX y principios del XX) ve el lenguaje como un conjunto de herramientas para predecir y resolver problemas.
  • Según el segundo Wittgenstein (mediados del s. XX), el significado de un enunciado depende de la situación, del «juego de lenguaje» al que estemos jugando.
  • Para la hermenéutica (mediados del s. XX), la vida de quien interpreta marca su «horizonte de sentido», que influye en cómo interpreta los textos.
  • En la deconstrucción (último tercio del s. XX), el texto no tiene un significado central, siempre está abierto a interpretaciones diferentes.

En definitiva, no es lo mismo que dos hombres gays se llamen «maricón» entre ellas, que que se lo llame un cuñado en un bar para despreciarlos.

[2] Este periodo histórico coincide con el desarrollo de todas esas filosofías del lenguaje que mencionábamos antes.

[3] Por ejemplo, Mentira, de Franca D'Agostini (Adriana Hidalgo Editora, 2014), o Hijos de Ápate. Breve filosofía de la verdad, la posverdad y la mentira, de Alicja Gescinska (Siruela, 2023).

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