Inventarse cosas para sacar beneficio: esto no es nada nuevo, pero, por algún motivo, se ha vuelto de lacerante actualidad. Desde hace una década hay un pánico cultural por los bulos de toda la vida, y no dejamos de hablar de las fake news, la posverdad, los «datos alternativos» de Trump y la «maquinaria del fango». Estos pánicos son recurrentes. En su Historia de la ética (Paidós, 1970) , Alasdair MacIntyre cuenta lo cómodos que vivían los griegos arcaicos con sus aristocracias. «Aristocracia» es una palabra estupenda, porque aristós es «el mejor», el que tiene areté . En la Grecia arcaica, el mejor era el que hacía lo que tenía que hacer. El guerrero tenía areté si ganaba batallas. Es una cuestión de hechos. Podías ir con tus propios ojos a comprobar lo que es bueno y lo que es malo, porque «bueno» y «malo» significa «ganó» o «perdió». Nos da igual si lo intentó. No damos premios por intentarlo: ¡generación de cristal! Todo esto se viene abajo por culpa de...
Todo docente tiene un alumno que protesta: «¿Para qué tengo que aprender a sumar, si lo hace el móvil?» La primera intuición: —Para aprobar el examen. Lo dices para convencerle, no te lo crees de verdad. Y esto el niño lo sabe. De todo lo que se puede decir, este argumento tiene un valor retórico tan bajo que directamente ni lo intentas. La primera vez que me lo preguntaron, yo dije: —No vas a ser el único tonto que no sabe sumar. Estarías en desventaja. ¿Entonces nada sirve para nada? ¿La cultura es solo moneda social? Vaya un argumento flojo. Esto el niño se lo huele, pero como tiene doce años, no sabe qué responder. Algún valor retórico sí que tiene. Con la excusa del valor retórico, uno se oye a sí mismo defender toda clase de argumentos que en el fondo le resultan incómodos, o al menos yo me siento incómodo, porque creo que, como docente, como persona escogida por el Estado para impartir sabiduría al pueblo, debería tener una respuesta un poco mejor. Una respuesta que pudiera sost...