Todo docente tiene un alumno que protesta: «¿Para qué tengo que aprender a sumar, si lo hace el móvil?» La primera intuición:
—Para aprobar el examen.
Lo dices para convencerle, no te lo crees de verdad. Y esto el niño lo sabe. De todo lo que se puede decir, este argumento tiene un valor retórico tan bajo que directamente ni lo intentas. La primera vez que me lo preguntaron, yo dije:
—No vas a ser el único tonto que no sabe sumar. Estarías en desventaja.
¿Entonces nada sirve para nada? ¿La cultura es solo moneda social? Vaya un argumento flojo. Esto el niño se lo huele, pero como tiene doce años, no sabe qué responder. Algún valor retórico sí que tiene.
Con la excusa del valor retórico, uno se oye a sí mismo defender toda clase de argumentos que en el fondo le resultan incómodos, o al menos yo me siento incómodo, porque creo que, como docente, como persona escogida por el Estado para impartir sabiduría al pueblo, debería tener una respuesta un poco mejor. Una respuesta que pudiera sostener frente a mis compañeros, frente al espejo, frente al Ministro de Educación que impulsó los recortes: «No, disculpe, caballero, de verdad hacía falta invertir millones de euros al año en hablar de El Lazarillo, de verdad hacía falta amenazar a los padres con quitarles la patria potestad si no llevan a sus hijos diariamente al Edificio de Leer La Celestina».
Es un escenario exigente. Pero lo necesito para estar tranquilo, aunque sea discutiendo con un niño de doce años sobre la importancia de saber sumar. Tengo que tener la confianza de que, aun con el interlocutor más hostil, yo sabría defender que la Educación Pública es necesaria. Mi argumento tiene que satisfacer ese criterio: ¿merece la pena? ¿No estaría mi sueldo mejor invertido en un asistente para personas mayores o con discapacidad severa?
Realmente no lo creo. Yo me creo mi trabajo. No obstante, el alumno protestón siempre vuelve, y yo lo entiendo: son seis horas al día, cinco días a la semana, a la contra del reloj biológico. Durante muchos años, tienes que motivarte para madrugar sin que haya ninguna capacidad de decisión sobre qué se estudia ni cómo se estudia. Son treinta horas semanales de «te aguantas». Y a estos hay que convencerlos de leer La Celestina. El criterio retórico también es exigente.
Hay muy pocos argumentos que sobrevivan a los dos criterios. A veces lo hablamos en el café, y normalmente, cada argumento palma por un lado o por el otro. Porque en realidad, al alumno le dices algo distinto que a José Ignacio Wert. A Wert le vendes la historia del ascensor social, pero luego usas tu sueldo para contar El Lazarillo, y entonces te toca explicarle al alumno por qué saberse El Lazarillo le va a llevar de fontanero a ejecutivo del Grupo Prisa.
El argumento del ascensor social es un naufragio. Es un naufragio precioso, y yo le tengo cariño, porque sería ideal luchar contra la injusticia dando a todo el mundo las mismas oportunidades, pero no tiene sentido. El ascensor sube al piso de arriba. Y no cabemos todos en el piso de arriba. El ascensor va escupiendo pasajeros a lo largo del trayecto con criterios la mar de variopintos: ¿Se ha esforzado? ¿Tiene espacio para estudiar en casa? ¿Tiene predisposición genética —¡existe!— a prestar atención, razonar y memorizar? ¿Tiene padres profesores? ¿O tiene una madre soltera con problemas económicos y una profunda depresión? Que de esas hemos visto ya unas cuantas. El Lazarillo es responsable de moverte, con suerte, ±1 piso respecto al que te corresponde como hija o hijo de tus padres.
(A esto se me responde: ¡Los estudios universitarios siguen siendo un predictor muy efectivo del éxito económico! A lo que uno replica: claro, si tus padres son ricos es muy fácil sacarse el grado, y es muy fácil dirigir la empresa de tus padres. Si tus padres son de clase media, la universidad tiene una dificultad media, y ser abogado o profesor tiene una dificultad media. Si el Sistema Educativo fuese tan educativo, no tendría por qué escuchar yo que «esta correlación entre educación y euros implica causalidad educación-euros».)
Como el ascensor social no funciona, buscamos otra cosa. Sorbo de café. Un compañero que enseña Artes Escénicas dice: el conocimiento práctico te hace esclavo de esa práctica en particular. El conocimiento teórico, en cambio, te hace libre.
¿En qué sentido te hace libre? ¿Eres libre porque entre un mar de carpinteros, el que se sabe la estructura del teatro isabelino será contratado en el Departamento de Escenografía para una producción de Macbeth? Es posible, pero si todos los carpinteros conocen la estructura del teatro isabelino, ¿entonces qué? ¿Sorteo? Queremos dar igualdad de oportunidades, pero no cabemos todos en el piso de arriba. Otro sorbo de café. Y, en realidad, ¿qué pasaría si todos los carpinteros conocieran la estructura del teatro isabelino?
(1) Asociación de Artesanos Aficionados a la Literatura Dramática.
(2) Consiguiente fracaso electoral del Partido Por la Protección de la Infancia, los de «prohibido regicidios proféticos delante de los niños».
(3) IKEA abandona el minimalismo: vuelven los escritorios con balaustres y ocho cajones secretos.
(4) Regocijo generalizado.
Carpinteros al teatro, regicidios a los niños y muebles barrocos: esta es la sociedad en la que yo quiero vivir. Así se lo haría saber a José Ignacio Wert. Resulta que dar cultura a la gente le permite disfrutar de cosas que antes eran para la élite, y son cosas que recogen otras formas de vivir y de pensar, de trabajar y gobernar, y que permiten formarte un juicio respecto a todo ello. Y cuando se las intentas quitar, no se dejan. Nos gusta disfrutar y opinar, gracias.
No es que la cultura sea garante de democracia. La difusión de El Lazarillo y las restas con llevada entre la población general no previnieron el Tamayazo. Pero para los periodistas que hicieron Tamayazo. El pódcast, tuvo alguna utilidad ir a la escuela. Para los cuatro gatos que organizan una asociación de memoria histórica, de aficionados a la astronomía, de difusión del teatro isabelino, es útil saber en qué balda de la biblioteca buscar libros al respecto, o vaya, qué poner en el buscador de Google. (Esto lo ha resuelto muy bien la IA, porque le pides libros sobre un tema y te los da, y son buenos, pero a cambio, por el camino que lleva, en 2027 este simpático robot se beberá seis veces más agua que toda Dinamarca).
Hasta el siglo diecinueve hemos vivido sin que todo esto fuera un derecho ciudadano, me diría José Ignacio, y no se cayó el mundo. Y es verdad. Ahora bien, tampoco había sufragio universal, y a algunos nos gustaría mantenerlo a ser posible.
Al niño, por otra parte, no hay forma de hacerle entender esto. Le queda muy lejos. Mi compañera de Lengua lo ha intentado, «pero el alumno todavía tiene el coraje de decir que El Lazarillo no es divertido. ¿Quieres divertirte? Pues vete al parque. La diversión es sólo una manera de disfrutar: el conocimiento no es entretenido, es placentero, y para sentir ese placer hay que saber muchas cosas, cosas básicas que luego uno usa para entender las cosas más complejas. Y esa comprensión sí que se disfruta. Es un fin en sí mismo».
Mi compañero de Artes Escénicas lo llama «rito iniciático»: sufres un poco al principio, pero luego está bien, como montar en bici.
Y el niño, que leyó El burlador de Sevilla, responde impávido: «¡Qué largo me lo fiáis!». Si esto no es divertido ahora, no me vale con que sea placentero en el futuro: ¡más vale que me saque de pobre! Pero claro, El Lazarillo no te va a dar tu primer millón. La escuela no es YouTube, y aquí no se vende humo.
¿Y entonces de qué sirve? Para aprender a pensar. Una frase vacía, que significa lo que quieras que signifique. No es pensamiento crítico. De hecho, en la escuela hacemos muy poco de eso, nos centramos en el canon de nuestra materia. No por gusto, sino por tradición: de eso iba la escuela cuando teníamos que alfabetizar a la población con pocos recursos que provenía del medio rural. Yo no justifico por qué Platón es más importante que Pseudo-Dionisio Areopagita, y la de Biología no cuenta el respaldo experimental del ciclo de Krebs.
Esto —me voy a mojar— es bueno. El alumnado debe reconocer qué opiniones son las de la autoridad académica, y cuáles son disidentes. A esto lo llaman media literacy. Alfabetismo mediático, y no pensamiento crítico, es lo que hace falta para darte cuenta de que «tu primer millón» es una farsa. Cuando alguien me dice que las pensiones son una estafa piramidal, yo le veo las orejas al lobo, no porque sepa razonar en qué consiste cada una, sino porque sé de qué palo va esa persona. Alfabetismo mediático. Cuando el médico diga «quimio», tú no le vas a pedir los estudios que avalan su decisión. No podemos inventar la rueda todos los días: hay que elegir tus batallas. Y las que te dejes sin pelear, igual conviene dejarlas a merced de lo que te enseñaron en la escuela.
Dicho esto, hay batallas que igual te merece la pena luchar. Y eso hay que permitirlo. Yo soy arbitrario pero no lo oculto: no voy a dar todas las explicaciones, tienes derecho a disentir, a defender que Simone de Beauvoir debería enseñarse en vez de Ortega en bachillerato, a defender que —yo qué sé— los estados de agregación de la materia no son tres, porque el Sol es plasma. Para eso hay que dejar claro que uno puede disentir del canon, pero solo si se ha investigado el tema.
Ahí entra en juego el pensamiento. No el pensamiento crítico, el pensamiento en general. El profesor de Artes Escénicas dice que la secundaria es un gimnasio: Matemáticas te enseña razonamiento lógico, que es deductivo y está basado en normas. El comentario de texto te enseña otro tipo de razonamiento, inductivo y más impreciso. El razonamiento filosófico está basado en desafiar el sentido común. Esto se ha enseñado toda la vida de Dios. En Física cuentan el experimento de Rutherford de la lámina de oro, y te enseñan a resolver problemas de campo magnético, porque es imposible entender un argumento, mucho menos formular un contraargumento en ciencia sin entender esas dos cosas: diseño experimental y matemáticas. Igual que yo cuento el problema de la inducción, y pido que se me explique si la ley de la gravedad está comprobada.
Este gimnasio mental sirve para muchas cosas aparte de cuestionar el canon. Todas esas relaciones de ideas son un pequeño ejército de metáforas que uno puede desplegar cuando le haga falta. El compañero de Artes Escénicas dice que para aprender inglés ya de adulto, viene muy bien saber lo que es un gerundio. Ah, el -ing es el -ando/-endo, pero en inglés. El razonamiento lógico te puede venir bien para diseñar un juego de mesa, para sacarte un cursito de desarrollo web. El razonamiento lingüístico, histórico-político te vendrá fenomenal para cubrir el próximo pucherazo si te metes a periodista.
Esto es, por cierto, a lo que llaman «competencias», y la gracia es que sirvan para la ciudadanía actual. ¿Qué retos hay hoy en día, qué cosas no saben hacer? ¿Memorizar? ¿Detectar bulos? ¿Perseverar frente a la frustración? No me importa, mientras seamos sinceros. Este curso, el alumnado de segundo de bachillerato estuvo un mes sin profesor de Física y de Química, y se quejaban, decía una compañera, ¡pero no pusieron de su parte para estudiar! Nos resulta fácil señalar las carencias de las alumnas y alumnos, pero ah, jamás diremos «les falta la competencia de aprender a aprender»: ¡eso suena a vendehumos! Pero ¿qué sentido tiene despachar las competencias si luego nos vamos a quejar de no saben respetar los turnos de palabra?
(A no ser que entremos en que «la educación se trae de casa, aquí se viene a aprender» el razonamiento abstracto y otras maravillas elevadas, y el que no sepa levantar la mano, que se vaya a su casa, y que vuelva cuando haya aprendido. Y si les expulsamos suficiente, suspenderán, repetirán, y a la larga no titularán. Es decir: la ESO deja de ser un derecho básico, y segrega en función de si tu familia tiene los mismos protocolos sociales que la escuela. Si estamos en esas, apaga y vámonos. No me interesa defender la obligatoriedad de la Educación Pública si va a quedarse fuera un cuarto de la gente por el ego académico de una persona que enseña fracciones a niños de doce años —«el 26% de los jóvenes de entre 25 y 35 años no tiene el título de secundaria en España» en 2023, según Ethic—.)
Mi padre repite mucho eso de que «cultura es lo que queda después de haber olvidado lo que se aprendió». Cuando hayas olvidado El Lazarillo, el trienio liberal y las ecuaciones cuadráticas, todavía tendrás entrenadas las destrezas mentales para elegir proyectos vitales varios y ejercer una ciudadanía democrática, y con suerte tendrás suficiente alfabetismo mediático como para detectar pedradas de Youtubers. Gimnasio y alfabetismo. (No sé si todo lo que hacemos se ajusta a esto. Si son nuestros argumentos, desde luego debería ajustarse.)
Llegados a este punto, José Ignacio Wert debería haberse dado por satisfecho o haber abandonado la habitación.
El alumno, por su parte, responde que él no quiere destapar el Tamayazo, que él va a jugar a ¡fútbol!, o a ser empresario. Eso está fenomenal. A ese niño hay que decirle que adelante, pero que no tiene sentido hipotecar su futuro con doce años porque no le apetece aprender a sumar. Sumar sirve para resolver ecuaciones, y resolver ecuaciones entrena el pensamiento lógico. Y puede ser que a los diecisiete le apetezca hacerse un cursito de desarrollo web para echar una mano en la ferretería de su tío y ganarse un dinero en verano para pagarse las copas. O igual se echa una novia anarquista y de pronto necesita un poco de paciencia y comprensión lectora para leer al viejo Mijail Bakunin. En todo caso, primero de la ESO no es el momento de decidir que esas cosas no van a suceder. Que no somos adivinos.
¿Retóricamente infalible? No. De hecho, de nuevo: «¿Tan largo me lo fiáis?» Pero dicho con confianza es mucho más convincente.
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